El libro «La Guerra mundial» se inscribe en una reflexión sumamente relevante para nuestro presente de crisis.

Ambición suicida: la humanidad lanzada al asalto del Mundo. Michel Serres y su visión para salir del estado de guerra

Por Gabriela Frandsen

Tsunamis e inundaciones, huracanes azotando las costas inglesas, desforestación en todas las grandes selvas del planeta, incendios descontrolados, extinción masiva, degradación de todos los ecosistemas… la crisis climática que sacude el planeta íntegramente no da respiro. Los humanos la sufrimos como todos los demás, con la diferencia de que nosotros, además de sufrirla, la provocamos. Y la seguimos alimentando.

Michel Serres, uno de los grandes pensadores franceses contemporáneos, publicó La Guerra mundial en 2008, a sus setenta y ocho años, cuando ya contaba con una riquísima trayectoria no solo como pensador, profesor y escritor sino también como interlocutor en la televisión y en espacios culturales públicos. El libro se inscribe en una reflexión sumamente relevante para nuestro presente de crisis, y subraya la enorme importancia que tienen las prácticas jurídicas en la materialización de medidas capaces de frenar el daño que la actividad humana está infligiendo a la tierra y a todas las formas de vida que alberga – incluida la nuestra.

La Guerra mundial del ser humano contra el Mundo

Lo primero que deja en claro Serres en su libro es que estamos viviendo una guerra mundial. Pero esta guerra no contrapone dos ejércitos humanos: más allá de las luchas permanentes de unos grupos de personas contra otros, la guerra mundial, la verdadera guerra, es la que libra la íntegra especie humana contra el Mundo, que el autor designa con mayúsculas para indicar que se refiere tanto a nuestro planeta como a la vida que sustenta.

Se trata de una guerra que la humanidad viene librando desde que inventara sus primeras técnicas. Y si hoy palpamos inequívocamente sus consecuencias, esta guerra interminable había pasado prácticamente desapercibida para nuestra especie, por el hecho de que los humanos nos interesamos casi obsesivamente por nuestras relaciones intraespecie (Serres 139), dejando solo un espacio marginal de nuestra atención para todo lo demás. Esta particularidad de nuestra psiquis es fácil de constatar: si echamos un vistazo a lo que los humanos denominamos “Historia”, veremos rápidamente qué ausentes están de ella el resto de los vivientes, los no-humanos que comparten con nosotros el Mundo, que son, sin embargo, mayoritarios, y sin los cuales la existencia misma del género humano sería imposible. 

Pero esta estrechez de miras también concierne nuestra visión de nosotros mismos: lo que se suele denominar la “Historia de la humanidad” no es más que la historia de una parte mínima de los humanos que han pasado por el mundo. La de ciertos grupos privilegiados, habitantes generalmente urbanos de los pocos lugares que se eligieron para narrarla. Es más bien la historia de una élite, contada por esa misma élite, que testimonia de la ceguera cultural en la que estamos inmersos.

Michel Serres va al fondo de esa ceguera para contarnos cómo la sociedad que nos refiere ese relato histórico como un proceso de evolución social y de progreso se ha construido sobre pilas de cadáveres erigidas tanto por las luchas como por la actividad humana. Sobre millones de muertos, no solo humanos, sino de innumerables vivientes de todo tipo y especie: el cuerpo del Mundo está cubierto de esas heridas mortales (138). Y aunque son omnipresentes, de ellas no hay ni siquiera mención en los relatos históricos. Esta ausencia también es fácil de explicar: como precisa Serres, jamás ha habido historiadores campesinos (142). En consecuencia, la “Historia” no menciona ni los campos desgarrados por las guerras, ni los animales masacrados, ni los bosques arrasados para crear tierras cultivables, o las selvas destruidas por las bombas o el Agente naranja.

Esta destrucción constante constituye el nefasto legado de la cultura elitista que hemos construido, anclada en el poder político y social humano, que no vive más que en y por sus luchas internas (143) – luchas entre bandos antagónicos, que se autodefinen por un juego de a dos. Y esta es otra ceguera que denuncia Serres, porque tanto las luchas de clases, de castas o de partidos, como las rivalidades nacionales, se narran como antagonismos, como conflictos que contraponen dos partes – cuando en realidad, las partes involucradas SIEMPRE han sido tres. La tercera es el Mundo, que sufre inevitablemente las consecuencias de la lucha entre las otras dos. 

¿Cómo se ha implementado esa ceguera? Al menos desde la sedentarización de los grupos humanos y el surgimiento de la cultura, el ser humano se ha creído separado del resto del Mundo: Serres nos muestra cómo ha escrito en sus libros sagrados, en sus tradiciones y hasta en su pensamiento filosófico que la relación de explotación que mantenía contra el Mundo no era más que un noble trabajo, sin reconocer como un crimen ni su explotación, ni la masacre de los demás vivientes, ni la violencia ejercida contra el medioambiente que sustenta toda vida. Se ha creído, simplemente, árbitro del Mundo, su amo y su enemigo, sin darse cuenta, en su arrogancia, de que “la rama no puede matar al árbol sin matarse al mismo tiempo” (145). 

Salir del estado de guerra: la Cosmocracia como nueva forma de gobierno

Hasta hoy. Porque hoy, por primera vez, se levanta frente a nosotros el riesgo de la “muerte del Mundo”.  Los nuevos êtres-au-monde que somos hemos descubierto – hemos contemplado, gracias a los avances astronáuticos – la fragilidad de nuestro planeta: ahora sabemos que no tenemos más que un Mundo, y “si lo perdemos, nos perdemos todos con él” (173). Serres advierte que hoy estamos frente a una decisión crucial: tenemos que elegir entre esa muerte anunciada – si seguimos viviendo como hasta ahora – o una cosmocracia: el gobierno de los humanos ya no solo para los humanos, sino para todo el Mundo.

Y nos advierte que ese pasaje a la Cosmocracia, que juzga esencial e inevitable (si no queremos morir intentando matar el Mundo), debe articularse necesariamente en dos planos: el jurídico y el político. En el jurídico, mediante el reconocimiento del Mundo como sujeto de derecho, lo que a su vez conlleva y permite la creación de una nueva política capaz de materializar ese nuevo gobierno de los hombres para el Mundo. Política que debe nacer de un cambio general de prácticas, síntesis de una reorganización total de las actuales: desde la formación de grupos y la instauración de nuestro hábitat, hasta la revisión del estatuto de nuestros saberes y del destino de nuestra hominización (179). Serres nos plantea entonces el reto de repensar completamente nuestra relación con el resto del Mundo.

Se trata de un cambio, en mi opinión, que no se puede materializar mediante un simple acto declarativo, el tipo de acto que suele constituir la acción más frecuente de los gobiernos en estos temas: grandes declaraciones acompañadas de cambios simplemente cuantitativos, y no fundamentales. Si Serres insiste en que la única manera de defender al Mundo es reconocerlo como sujeto de derecho, es porque ello posibilitará su designación como víctima frente a crímenes cometidos en su contra.

Al no existir el derecho del Mundo, al no existir ni siquiera el Mundo mismo, este no puede volverse sujeto de derecho. En la ausencia de derecho, no se puede ni siquiera designar al abuso. (148)

La imperiosidad de una protección jurídica del mundo frente a la actividad humana se impone por dos razones fundamentales: la primera, nuestra especie parece estar ciega ante la vida vegetal (y buena parte de la vida animal): situados ante una multitud de plantas entre las que no se ve ninguna persona, o animal de tamaño importante, tenemos tendencia a pensar que no hay nada. Se trata de un sesgo cognitivo que ha ayudado a nuestra especie a sobrevivir frente a la amenaza constituida por sus predadores, pero que hoy, paradójicamente, nos pone en peligro de muerte, al hacer que en nuestras decisiones no tomemos en cuenta las necesidades de las plantas. Y la ciencia nos revela que, sin plantas sanas, la vida en el planeta se volvería imposible. 

Ya que naturalmente no tomamos esta realidad en cuenta, la protección jurídica se revela esencial para que aprendamos a hacerlo. La segunda razón que la requiere se impone por el auge de la mecanización, informatización y robotización de la sociedad, que desproblematiza cada vez más abiertamente las consecuencias de matar el Mundo: y es que en nuestras fantasías distópicas, siempre podemos irnos a colonizar Marte – como si fuese algo posible, simple, o siquiera deseable.

Estados del derecho

Ahora bien, el problema monumental que se plantea para llevar a cabo este cambio fundamental es el mismo que ha permitido y acelerado el despliegue de la globalización: el desfasaje existente entre el campo de acción de la actividad comercial y el de la esfera jurídica.

La esencia de ese desfasaje radica en que las prácticas comerciales (y por lo tanto también las económicas y financieras) cambian rápidamente, adaptándose con facilidad a las circunstancias que pueden percibir como más ventajosas. Desde tiempos antiguos, su ejercicio ha estado marcado por la dimensión internacional. El Camino de la Seda constituye tal vez el ejemplo más célebre de esta realidad. Pero los sistemas jurídicos que han concebido nuestras sociedades son de naturaleza territorial y fundamentalmente retrospectiva: para pronunciarse sobre un tema, deben documentarse en relación a su existencia y práctica (lo que requiere considerar su actividad pasada), analizarlas, dictaminar al respecto y organizar posteriormente la reglamentación de medidas específicas aplicables por autoridad competente, que actúa solamente en el territorio bajo su jurisdicción.

Esta estructura jurídica crea y sustenta una distorsión mayor en las actividades humanas, ya que si la ley condena, prohíbe o limita, lo hace únicamente en un territorio delimitado y, además, desde una perspectiva histórica, necesitando de meses a años antes de aportar una solución específica a un problema concreto. Toda su actividad requiere tiempo, un tiempo que aventaja el desarrollo de la actividad que intenta regular, que entretanto puede continuar con sus prácticas y aún anticipar la acción jurídica, evitando sus posibles sanciones antes de que la norma vea la luz. Así, actualmente, si una empresa o industria se ve sujeta a una limitación que no le conviene, cambia simplemente de territorio y con ello de ámbito jurídico, para continuar con su actividad tal y como le parece más rentable. Gracias a lo cual hemos debido asistir, por ejemplo, al retroceso de las conquistas de los trabajadores, perpetrado mediante la relocalización de la producción industrial en países con ínfimos costos de mano de obra y mínimas condiciones de protección social.

Los problemas generados por este desfasaje entre prácticas comerciales y jurídicas se perciben de manera paradigmática en la protección de zonas oceánicas, ya que el derecho internacional no provee ningún tipo de acuerdo eficaz para la protección de áreas que no estén bajo ninguna soberanía: las leyes son nacionales, y fuera de su ámbito, no existen tribunales que produzcan normas, ni poder coercitivo que garantice su cumplimiento. El respeto de los océanos, en consecuencia, pasa a ser voluntario, y ya sabemos qué poco efecto han tenido los compromisos voluntarios de los Estados frente a sus agendas comerciales, sus prioridades financieras y la potencia irrefrenable del lobbying corporativo, que insiste en la práctica de lo que Michel Serres caracteriza como “guerra tradicional”. Si la Corte Internacional de Justicia constituye un primer bosquejo de organismo jurídico de alcance internacional, no deja de ser una mera inspiración de lo que debería ser el nuevo sistema jurídico mundial, ya que carece de toda autoridad para hacer cumplir sus recomendaciones, que no poseen carácter vinculante.

Es nuestra creencia que la Cosmocracia que defiende Serres, única vía realista para salir del sistema de explotación del Mundo que nos está llevando a la extinción, es virtualmente imposible sin la creación de un tribunal humano que la proteja, con la capacidad de regular la actividad humana íntegramente, lo que implica una organización supranacional del sistema jurídico y una fuerza coercitiva actuante como autoridad de aplicación de las regulaciones que se establezcan, con jurisdicción planetaria. 

Sin ella, la humanidad continuará en su empeño de asesinar al Mundo del cual forma parte, aun cuando hoy ya es consciente de que al asestarle sus golpes se está matando también a sí misma, en un sinsentido que pone en entredicho la relevancia misma de toda la cultura que los humanos hemos generado.

Referencia

Serres, Michel. La Guerre mondiale. Le Pommier, 2008.