Emanuele Coccia, en su obra «Metamorfosis» (2020), propone una visión en la que el mundo resulta estar más conectado de lo que usualmente creemos.

Vida y metamorfosis

Por Laura Mejía Rocha

Emanuele Coccia, en su obra Metamorfosis (2020), propone una visión en la que el mundo resulta estar más conectado de lo que usualmente creemos. El presente texto expone brevemente algunas ideas del libro de Coccia, junto con un análisis y una reflexión, buscando integrar estos conocimientos en el estudio del individuo y la sociedad.      

El autor comienza describiendo la experiencia de la vida. Se trata de una experiencia compartida, que se manifiesta de forma diferente tanto en las plantas, los animales, los individuos o cualquier ser. Así, nuestra existencia no debería definirse únicamente según nuestro modo de vida, o nuestras características particulares, lo cual sería más bien limitante, sino que se debe comenzar por reconocer que todos los seres hacemos parte de la misma vida y somos una forma de ésta. Es necesario reconocer que nuestros cuerpos y nuestras vivencias están compuestos, en un principio, por los mismos elementos, átomos y energía. 

La vida no es una experiencia finita y estática, sino que se recicla constantemente y continúa infinitamente en cada cuerpo. El individuo es una continuación de sus padres, así como sus hijos serán una continuación de él; y esa misma vida seguirá expresándose permanentemente de manera diferente. Sin embargo, esta concepción de la vida como un proceso constante aplica también para nuestros ancestros, los primates. Estas manifestaciones de vida no se expresan entonces solamente de forma espacial -animales o plantas-, sino también de forma temporal. Compartimos rasgos específicos de estos ancestros, que se nos han transmitido a través de un proceso largo y lento, e inclusive hay características más generales que también compartimos con otras especies, por ejemplo, el tener ojos o extremidades. Entonces, lo que nos hace humanos es más bien algo limitado, pues en realidad somos una metamorfosis de aquello que nos precedió; una prolongación de nuestros ancestros. En este sentido, Coccia indica que el termino de « humano » no se podría utilizar como un absoluto, pues este sólo tendría sentido si se relaciona con otra especie. 

No obstante, es mucho más fácil observar las diferencias entre especies y cualquier ser viviente con respecto a la humanidad, que sus similitudes. Que haya una sola vida y que todos somos una representación de ésta, que somos una continuidad de otro ser y que, al final, formamos parte de una metamorfosis, indica que todo estaría conectado. Así, nosotros podríamos admitir que otras formas de vida harían parte de la humanidad, y que los individuos hacen parte de la naturaleza. Para clarificar, Coccia expone el ejemplo de las fotografías tomadas en distintos momentos de la vida de alguien, en el que es posible observar un ente aparentemente estático durante varias temporadas, y que, en total, dejan contemplar una evolución a través del tiempo. No siempre es fácil reconocerse a sí mismo al comparar cuando se era un bebé o cuando se es un adulto; y los cambios no sólo son físicos, sino también psicológicos. Aún así, esa misma foto es una representación de un mismo ser humano, que sigue siendo, pero que ya no se ve o expresa de la misma manera. Así, el autor muestra cómo el humano es una multiplicidad de formas, al igual que otros seres, que desfilan permanentemente en todos los cuerpos.  

Ahora bien, las implicaciones del anterior análisis sugieren que no puede haber una forma superior a otra. Toda forma de vida sería equivalente, pues proviene de alguna otra forma de vida; y es una versión modificada de ésta. El vivir o expresar la vida de modo      diferente, no haría que una sea más válida que otra. Así, esta conclusión podría aplicarse a debates entre naturaleza y cultura humana, o entre tipos de sociedades. El humano no tendría por qué ser percibido como superior a otras especies de animales, o inclusive a sus ancestros, y mucho menos a las plantas, árboles y montañas, pues todas son expresiones de una misma vida. El ser humano se ha adaptado a un contexto en específico, al igual que el resto de las especies se ha adaptado de manera diferente a sus respectivos contextos. Cada adaptación es útil de forma distinta y, así, jerarquizar resultaría incoherente y fútil. 

Entonces, así como el adulto no es mejor que el niño, pues continúan siendo una representación de un único ser, el desarrollo y la cosmovisión de una comunidad no podría tampoco ser mejor que otra. En tanto todas sean expresiones de la humanidad, tendrían una misma validez. Esto resulta crucial para abandonar las viejas y anticuadas concepciones sobre la superioridad de ciertos grupos – el humano no sería superior a la naturaleza y a los animales – y se podría aplicar a otros dominios de la humanidad. Por ejemplo, debido a que no existe ninguna comunidad ‘pura’, que no haya evolucionado de alguna otra, sería absurdo reclamar que alguna es objetivamente mejor que otra. Hoy más que nunca es necesario considerar que, por ejemplo, la civilización de Occidente no es la representación más exitosa de la humanidad, sino que tiene un mismo peso que las demás. Las comunidades asiáticas, latinoamericanas o africanas, en toda su diversidad, entre otras, no tendrían por qué apuntar a perder o modificar su cosmovisión bajo un argumento de inferioridad. 

Este mismo análisis puede aplicarse a los idiomas y a su pretendida pureza. En tanto estos sufren adaptaciones constantes, resultaría igual de inútil percibir alguna lengua como superior. Estos constructos subjetivos, que hacen parte de la comunidad humana, se han desarrollado para adaptarse a un contexto específico. De ese modo, el humano, que está compuesto de varias formas de vida que interactúan entre sí, no puede ser auténticamente autónomo ni puro. Más bien, el individuo está siempre conectándose y relacionándose con su exterior. De esta manera, sería esencial recordar este análisis de Coccia, y cambiar la percepción tan conflictiva y nociva que se deriva de la jerarquización constante que coloca al ser humano, y a ciertos grupos de seres humanos, en la cima, como si fuese el epítome de la vida.

Referencia     

Coccia, Emanuele. Métamorphose. Payot et Rivages, 2020, p.13-20.